Evaluación del profesorado ¿Para qué evaluar? ¿Qué evaluar?

La evaluación del profesorado es una práctica que carece de tradición en nuestro sistema educativo. Con la LOGSE (art. 62) se introdujo la exigencia de evaluación del profesorado, como parte de la evaluación del sistema educativo propuesta para garantizar la calidad de la enseñanza, pero el desarrollo efectivo de la norma ha sido poco significativo.

¿Por qué la evaluación genera prevención y suspicacia frecuentemente? ¿Qué nos suscita el término evaluación? ¿Qué entendemos por tal? Probablemente en nuestra historia escolar encontraríamos datos para entender esta animadversión que no sólo se da en el ámbito educativo; con contadas excepciones la denominada evaluación del desempeño en las empresas ha sido un tema conflictivo y desdeñado por el personal de forma masiva.

La evaluación del profesorado se relaciona con dos finalidades básicas: el control, orientado a la toma de decisiones sobre condiciones profesionales y laborales, y la mejora de la actividad educativa y docente, orientada hacia el desarrollo personal y sus necesidades formativas.

Sin duda existen motivos que justifican la primera finalidad. El control social de un servicio público de interés general, las obligaciones contractuales asumidas por el profesorado, la responsabilidad de gestionar eficaz y eficiente de los recursos limitados, son algunos de ellos. ¿Qué evaluar para lograr esta finalidad? Evaluar las competencias educativas o docentes del profesorado en distintos momentos del proceso educativo es una modalidad coherente con el enfoque competencial actual.

Evaluar para mejorar la actuación docente y el desarrollo del profesorado como medio para mejorar la calidad educativa, suscita un mayor interés. En el enfoque competencial podemos describirlo como evaluar para desarrollar las competencias educativas y docentes del profesorado, y debería integrarse dentro de los planes de desarrollo profesional, de formación permanente o de aprendizaje a lo largo de vida.

Mejorar la actuación del profesorado, como parte de un proceso de desarrollo profesional, se basa en tres aspectos fundamentales:

1) Reflexión sobre la propia tarea y sobre lo que acontece en el contexto en el que ésta se desarrolla.En consecuencia un proceso de evaluación para mejorar la calidad de la enseñanza debe incluir condiciones para la reflexión y promoverla individuamente y en los equipos educativos.

2) Motivación para el cambio. Cuando existe una fuerte motivación interna para aprender, la evaluación se constituye en una estrategia de ayuda para identificar fortalezas y debilidades y encontrar sugerencias operativas de mejora. Conocer la motivación inicial para el aprendizaje y el cambio, del profesorado que participa en un proceso de evaluación permite pronosticar el éxito y diseñar un plan adecuado.

3) Integración de las metas individuales e institucionales. Los cambios que se suscitan a partir de la evaluación del profesorado, no siempre se orientan en la dirección de los objetivos y de las prácticas instituidas en los centros. De igual modo la institución educativa puede detectar necesidad de cambios difíciles de asumir por el profesorado.

Cada propuesta de evaluación del profesorado muestra una concepción profesional particular. Stufflebeam, autoridad en el ámbito de la evaluación del profesorado, mencionaba hace algunas décadas seis interpretaciones de la profesión docentes que tienen plena vigencia: un arte o profesión que requiere un perfeccionamiento continuo; una profesión que requiere que el profesional rinda cuentas de la calidad de su servicio; un puesto de trabajo que necesita ser supervisado; una profesión en la que confluyen diversas variables o factores que es necesario identificar y evaluar; un servicio público que debe ser eficaz y que subraya la responsabilidad docente de cara a su eficacia; una tarea llevada a cabo por personas que necesitan reconocimiento y compensaciones de diversa índole.

Por último, la evaluación del profesorado debe respectar las cuatro características consideradas normativas para cualquier proceso evaluativo: utilidad, precisión, viabilidad y ética.

Una orientación constructiva, claridad en el uso de los resultados, la credibilidad del evaluador, informes claros y precisos sobre información válida y fiable, y el seguimiento posterior y la valoración del impacto para tomar decisiones oportunas, son algunas prácticas que promueven estas características.

Una reflexión previa a la programación y puesta en marcha de un sistema de evaluación, que analice la realidad a la luz de los criterios mencionados, ofrecerá una mayor garantía de éxito en los objetivos pretendidos con tal evaluación.

Concepción Yániz

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